El miedo a la formación

Sin ánimo de emular ni acercarnos siquiera a la profundidad y acierto de “El miedo a la libertad“, de Erich Fromm (cuya lectura, por cierto, recomendamos encarecidamente), vemos en este ensayo un símil apropiado para hablar del miedo a la formación en las empresas.

¿Y quién dijo miedo? Pues lo dicen las cifras, o lo cantan, sobre inversión en formación en España, donde se calcula que la formación bonificada sigue sin ser utilizada por un 58% de las medianas empresas y un 86% de las empresas con menos de 10 empleados. Por supuesto, una parte de esta situación se debe al puro desconocimiento pero no puede ser la única causa.

Para encontrar las otras causas baste escuchar las reflexiones que a veces hacen en alto algunos pequeños empresarios, o responsables de área de medianas empresas del tipo: “sí claro, si formamos a nuestos empleados les estamos abriendo la puerta para que se vayan con la competencia”. He aquí una de las claves del miedo a la formación. Las causas, a su vez son varias, desde el desconocimiento, de nuevo, hasta la falta de visión a largo plazo o el miedo, como decíamos antes, a la libertad.

Por una parte se trata de desconocimiento ya que la formación, contrariamente a lo que algunos piensan, ha demostrado ser una excelente herramienta de retención. Así lo aseguran estudios como el de  Accountempts, según el cual la formación es la mejor forma de retener el talento para un 29% de los directivos estadounidenses. Por otra, es falta de visión ya que la formación no es un gasto, como algunos pretenden, sino una inversión cuyo retorno puede medirse en términos directos (aumento de la productividad, efectividad y rentabilidad en el trabajo) e indirectos (satisfacción en nuestros recursos humanos, retención e innovación).

Y finalmente la última causa es el miedo a la libertad: la libertad del cambio, la libertad de generar nuevas ideas, la libertad de hacer las cosas de otro modo. En este preciso momento el miedo es justamente lo contrario de lo que necesitan las empresas para salir adelante ya que el cambio y la innovación son sus mejores armas, si no las únicas, para competir y crecer o al menos sobrevivir. Podemos comprobarlo en el avance de economías sólidas como la alemana o de empresas españolas como Inditex o Mercadona, que han apostado por otra forma de proceder.

¿Por qué, entonces, no aplicarlo también al valor que damos a la formación?

2 comments

  • MichelHenricColl

    Buen artículo, sin duda.

    Pero te has olvidado de algo, es que la subvención a la formación (la que se utiliza, claro), ha provocado dos fenómenos:

    – la aparición de ‘formadores de la lluvia’, que nacen como setas tras el aguacero y desaparecerán cuando se seca el terreno. Como ‘a caballo regalado no se le miran los dientes’, proponen a gran gritos de vendedores ambulantes: “¡formación gratuita, formación gratuita!…”. Pero las empresas y los alumnos juran que no les volverán a pillar y renuncian a la formación.

    – la negación a pagar un solo euro a parte de la subvención. Consideran que la formación les debe salir gratuita, como si hiciesen un favor a la tripartita aceptando su dinero. Como han sido escaldados por los formadores de la lluvia, no quieren poner nada de su parte. Claro, a este precio, solo consiguen formadores sin competencia ni experiencia (formación caldo), y el círculo vicioso da otra vuelta.

    Michel

    • Educa-training

      Gracias, Michel.

      Coincidimos en que las malas experiencias provocadas por la falta de rigor pueden haber generado que algunas empresas que sí han dado el salto a solicitar formación no quieran volver a hacerlo. Pero en el caso de este tipo de formación, y puesto que una parte está bonificada, el coste de no acertar con el proveedor de formación (incluyendo el coste en tiempo y coste de oportunidad) es inferior al coste de no intentarlo. Conviene afinar en la selección de proveedores y buscar quien ofrezca mayores garantías de éxito por su experiencia, por los clientes con los que ya trabaja y por supuesto por acreditaciones (certificados de calidad). Esto permitiría separar, al menos un poco, el grano de la paja.

      Por otro lado, como apuntas, otro de los problemas es que la subvención es también perversa con la percepción del coste: lo “gratis” (recordemos que no lo es, puesto que ya se adelanta) no se valora y la costumbre de no pagar acaba siendo una barrera para que, cuando es necesario, se aporte lo que sea pertinente. En el fondo, no deja de ser el mismo problema que se comenta en el artículo: el miedo a invertir tiempo y dinero por no entender los beneficios que realmente puede aportar.

      En cualquier caso, interesante tema en el que aún no se ha dicho la última palabra. Por cierto, y a colación, siempre nos gusta recordar la sentencia de Benjamin Franklin: “si crees que la educación es cara, prueba con la ignorancia. No hay inversión más rentable que la del conocimiento.” Ahí queda eso.

      ¡Saludos!

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