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¿Es la maternidad una barrera a la formación?

Ante la proximidad del día de la madre retomamos un informe, publicado algunos meses atrás, que coloca la maternidad como una posible barrera a la formación de postgrado para las mujeres. Según este informe el número de mujeres matriculadas en másters en Cataluña es menor que el de hombres a pesar de que la mujer ya ha superado al hombre en número de licenciaturas. En números redondos, las mujeres representan sólo un 25% de quienes se examinan para entrar a un MBA, un porcentaje inferior al registrado en otros países como Reino Unido, Italia, Francia, Alemania y Estados Unidos.

Una de las hipótesis para explicar esta desproporción es el llamado “techo de cemento“: la mujer se estaría anticipando a una realidad, que los sueldos de las mujeres siguen siendo inferiores a los de los hombres en cargos directivos. Es decir, estaría renunciando a ampliar su formación ya que no tiene la certeza de que redundará en un mayor sueldo o una mayor posición, circunstancia esta bautizada como “techo de cristal”.

Pero otra de las hipótesis, que es la que nos interesa hoy, apunta a una diferencia en las prioridades de hombres y mujeres con edades superiores a los 30 años, es decir, en edad fértil pero con una limitación temporal más acuciante para ellas que para ellos. De esta forma, es posible que muchas mujeres prefieran centrarse durante esos años en vivir su maternidad, antes de que, por cuestiones biológicas, les resulte imposible. El precio sería renunciar, entre otras cosas, a una formación de postgrado.

Hasta el momento siempre se ha considerado que la maternidad estaba siendo una barrera psicológica y real para el desarrollo profesional de las mujeres. Por una parte, porque les empuja a dejar su trabajo o solicitar excedencias y reducciones de jornada que terminan siendo un obstáculo para ascender. Y por otra, porque las circunstancias de la maternidad siguen siendo una dificultad añadida mientras el rol de la paternidad no se equipare en tiempo de dedicación y en consideración social.

Pero lo que no se había barajado es que la maternidad podía ser también un freno para la formación. A priori, podría parecer una situación nueva. Pero en realidad no debería tratarse de modo muy diferente al conflicto entre desarrollo profesional y maternidad.  Ambas requieren la puesta en marcha de políticas que favorezcan la conciliación, tanto desde la Administración, como desde las empresas. De este modo, la mujer no tendría que temer la maternidad como un ogro que se come sus expectativas profesionales.

Para ello necesitará, eso sí, la ayuda de todos. ¿Lo haremos?